Después de casi tres décadas dirigiendo equipos, aprendí algo incómodo: el liderazgo no se rompe por un solo lado. Se rompe por dos.

Por un lado está el líder que no ve a su equipo como es, sino como cree que debería ser. Por el otro está el colaborador que no puede recibir el liderazgo porque su propia percepción se lo impide.

Mientras los dos no acepten la realidad, ningún método funciona.

Del lado del líder aparecen frases como: “mi equipo debería entender sin que yo explique” o “esta persona es así y no va a cambiar”. Del lado del colaborador aparecen otras: “mi jefe nunca me va a reconocer” o “aquí las cosas siempre han sido así”.

Las dos partes tienen trabajo por hacer. Liderar bien empieza por aceptar eso.