Existe una gran cantidad de literatura sobre liderazgo, desde John C. Maxwell hasta Simon Sinek. Se han modelado también suficientes estilos de liderazgo, desde el autocrático hasta el providencial. En toda esa literatura se describen metodologías y se narran anécdotas que nos han hecho entender los rasgos más prominentes de lo que es un líder. Leemos libros, escuchamos y vemos conferencias y nos inspiramos para poder llevar a nuestros equipos a alcanzar objetivos, a que nos compren un sueño, a que compartan una visión. ¿Lo logramos? Tal vez, parcialmente, a veces no… ¿Nos frustra? Sí. ¿Qué falla? ¿Qué pasa entre la motivación de una conferencia y una sala de reuniones?

Yo les quiero contar lo que me ocurrió a mí, al estar solo, frente a mis equipos de trabajo, ya sin la emocionalidad que da la pasión con la que Simon Sinek habla sobre el liderazgo, ya sin tener en mi cabeza la firmeza y asertividad de las palabras de John C. Maxwell. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que antes de los estilos de liderazgo, antes de la motivación, antes de vender una visión, existe algo que crea un vacío entre un líder y su equipo de trabajo, algo que impide que la información llegue completa y que crea frustración de un lado e indiferencia del otro.

Entre un líder y su equipo, el primer obstáculo a salvar es la PERCEPCIÓN DE LA REALIDAD. El plano de realidad entre ambos lados es distinto, las frecuencias no son las mismas… y ningún lado está en lo correcto.

¿A quién lidero? ¿A los seguidores que quisiera tener? ¿O a los que realmente tengo? Y mi equipo, ¿tiene enfrente al líder que quisiera tener? ¿O al que realmente tiene? Y luego viene la realidad. ¿Cómo la percibo yo? ¿Cómo la percibe cada individuo de mi equipo? ¿Cómo conciliamos ambas realidades?

Porque mientras el líder espera que el sentido común ayude a entender conceptos y que la visión sea clara, el seguidor espera que las cosas sigan siendo como siempre han sido.

He encontrado que la respuesta no es una técnica más que aprender, sino una forma distinta de ver. Los marcos que he recorrido —desde la administración clásica hasta la planeación estratégica, pasando por Maslow— no son herramientas para hacer más, sino lentes para mirar mejor: para dejar de liderar al equipo que imagino y empezar a ver al que realmente tengo enfrente; para cambiar la relatividad de mi perspectiva por la realidad, tal como es. El problema no se resuelve con más método: se resuelve con más lucidez. Y ese camino, mis estimados lectores, es el que me gustaría invitarlos a recorrer conmigo.

Quisiera poder terminar mi primer artículo con una frase motivadora o hacer un cierre inspirador, pero, como espero haberlo aclarado en estas líneas… la motivación y la inspiración vendrán después.